lunes, 9 de junio de 2014

Cuacevant, la guerra

Mi nombre es Adabesa Zoralee, vivo en un pequeño país llamado Cuacevant. Hace casi diez años, éste y otros países fueron azotados por una gran dictadura, comandada por el General Accriost Luasur.
Mis padres fueron los representantes de Cuacevant, junto con los demás representantes de Colssistare, Magmatud, Ussergo y la Republica de Etiabine, entre otras, para dialogar con Accriost sobre el destino que tomarían las naciones. Yo estaba junto con mis padres en caso de que él ganara y tengamos que irnos a Fiuremu, un continente vecino.
El dialogo había comenzado muy tranquilo, pero poco a poco se fue volviendo más y más tenso. Mi madre me abrazaba y me tapaba los oídos con sus manos para que no escuche a los embajadores gritando en tantos idiomas como se podría imaginar, a tal punto que las voces se convirtieron en un molesto zumbido que me atravesaba la cabeza, el magnates me alteraba, el etiabino me confundía, y el colssisto simplemente me volvía loca. Finalmente se hizo un silencio frío y seco, cuando vi como Accriost se marchaba me puse entre mis padres para felicitarles por “hacer que ese hombre malo se fuera”, pero cuando se escucharon las risas de Accriost  en todo el salón ellos me tiraron al suelo y las paredes detrás nuestro se vinieron abajo sobre todos los periodistas que habían venido de la isla de Nustintius. El ejército del ahora. Gobernante General Accriost Luasur entraron para llevarse prisionero a cualquiera que quedara vivo. Mi padre me llevaba en sus brazos hacia la multitud para confundir a los soldados, yo aun seguía aturdida, no por las explosiones, sino por los gritos y palabras de aquellos políticos que seguían en mi cabeza. Se nos apareció una enorme maquina de guerra apuntándonos con su cañón.
En un momento de desesperación me escapé de los brazos de mi padre y caí en un enorme vacío. Mientras descendía por ese infinito espacio, escucho las horrible voces de aquellos embajadores furiosos que gritaban en todos idiomas diferentes y sentí que mi cabeza estaba a punto de estallar.
Cuando me di cuenta que ya no estaba cayendo me quede inmóvil sosteniéndome la cabeza por aquel insoportable dolor.
Abrí los ojos y cientos y cientos de tulipanes, se abrieron a mi paso y a lo lejos, un viejo y solitario árbol reclamando por su soledad, sacudía suavemente sus pocas ramas, para atraer mi atención; me acerqué temerosa, sin saber que podría suceder.
 Me sentía tan cansada que el colchón de hojas del viejo árbol me parecía ideal para tomar una siesta, cayendo inmediatamente en profundo sueño. Sentí que fueron horas y horas que llevaba dormida.
 Cuando desperté, vi una pequeña luz, tenía un montón de escombros sobre mí, y cuando salí, me encontré en la destruida embajada de Cuasevant, mi país. Miré para todas las direcciones buscando a alguien, pero a la única persona que me encontré fue a Accriost.
En cuanto me vió, se levantó un gran ejército detrás suyo y comencé a correr. Las balas rozaban mi cabeza y finalmente dieron en mi espalda y caí.
Sentí que todo a mi alrededor se movía y abrí los ojos, estaba acostada en el asiento de un auto junto con mis padres. Me levante y la espalda me dolía mucho.
-Dormiste en una mala posición todo el viaje, pero ya se te pasara.- me dijo mi madre.
-¿Qué paso? ¿A donde vamos?- les pregunte.
-Cierto… te habías quedado dormida en la reunión. Lamentablemente Accriost ganó, pero cumplió su promesa de dejarnos ir junto con las demás familias de los otros embajadores, ahora mismo nos dirigimos al puerto, un barco nos llevara a Fiuremu y estaremos bien.

Asentí con la cabeza y mire por la ventanilla, así, durante todo el viaje.

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