Mi nombre es Adabesa Zoralee, vivo en un pequeño país
llamado Cuacevant. Hace casi diez años, éste y otros países fueron azotados por
una gran dictadura, comandada por el General Accriost Luasur.
Mis padres fueron los representantes de Cuacevant,
junto con los demás representantes de Colssistare, Magmatud, Ussergo y la
Republica de Etiabine, entre otras, para dialogar con Accriost sobre el destino
que tomarían las naciones. Yo estaba junto con mis padres en caso de que él ganara
y tengamos que irnos a Fiuremu, un continente vecino.
El dialogo había comenzado muy tranquilo, pero poco
a poco se fue volviendo más y más tenso. Mi madre me abrazaba y me tapaba los oídos
con sus manos para que no escuche a los embajadores gritando en tantos idiomas
como se podría imaginar, a tal punto que las voces se convirtieron en un
molesto zumbido que me atravesaba la cabeza, el magnates me alteraba, el
etiabino me confundía, y el colssisto simplemente me volvía loca. Finalmente se
hizo un silencio frío y seco, cuando vi como Accriost se marchaba me puse entre
mis padres para felicitarles por “hacer que ese hombre malo se fuera”, pero
cuando se escucharon las risas de Accriost
en todo el salón ellos me tiraron al suelo y las paredes detrás nuestro
se vinieron abajo sobre todos los periodistas que habían venido de la isla de
Nustintius. El ejército del ahora. Gobernante General Accriost Luasur entraron
para llevarse prisionero a cualquiera que quedara vivo. Mi padre me llevaba en
sus brazos hacia la multitud para confundir a los soldados, yo aun seguía
aturdida, no por las explosiones, sino por los gritos y palabras de aquellos políticos
que seguían en mi cabeza. Se nos apareció una enorme maquina de guerra apuntándonos
con su cañón.
En un momento de desesperación me escapé de los
brazos de mi padre y caí en un enorme vacío. Mientras descendía por ese
infinito espacio, escucho las horrible voces de aquellos embajadores furiosos
que gritaban en todos idiomas diferentes y sentí que mi cabeza estaba a punto
de estallar.
Cuando me di cuenta que ya no estaba cayendo me
quede inmóvil sosteniéndome la cabeza por aquel insoportable dolor.
Abrí los ojos y cientos y cientos de tulipanes, se
abrieron a mi paso y a lo lejos, un viejo y solitario árbol reclamando por su
soledad, sacudía suavemente sus pocas ramas, para atraer mi atención; me
acerqué temerosa, sin saber que podría suceder.
Me sentía
tan cansada que el colchón de hojas del viejo árbol me parecía ideal para tomar
una siesta, cayendo inmediatamente en profundo sueño. Sentí que fueron horas y
horas que llevaba dormida.
Cuando
desperté, vi una pequeña luz, tenía un montón de escombros sobre mí, y cuando
salí, me encontré en la destruida embajada de Cuasevant, mi país. Miré para
todas las direcciones buscando a alguien, pero a la única persona que me
encontré fue a Accriost.
En cuanto me vió, se levantó un gran ejército
detrás suyo y comencé a correr. Las balas rozaban mi cabeza y finalmente dieron
en mi espalda y caí.
Sentí que todo a mi alrededor se movía y abrí los
ojos, estaba acostada en el asiento de un auto junto con mis padres. Me levante
y la espalda me dolía mucho.
-Dormiste en una mala posición todo el viaje, pero
ya se te pasara.- me dijo mi madre.
-¿Qué paso? ¿A donde vamos?- les pregunte.
-Cierto… te habías quedado dormida en la reunión.
Lamentablemente Accriost ganó, pero cumplió su promesa de dejarnos ir junto con
las demás familias de los otros embajadores, ahora mismo nos dirigimos al
puerto, un barco nos llevara a Fiuremu y estaremos bien.
Asentí con la cabeza y mire por la ventanilla, así,
durante todo el viaje.
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