jueves, 29 de mayo de 2014

Los mil espejos

Elevé mi mirada intentando enfocar a la persona que se encontraba a mi lado. Rocé el puño de mi remera en mis pómulos con brusquedad, las lágrimas caían y nublaban mi visión. Solo recuerdos inundando mi memoria. ¿Cómo podían ser tan espontáneos los momentos que lo cambian todo? Ahí estaba yo, recostada en esa camilla de hospital, procesando las palabras del médico: -“no sobrevivió, hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. Lo sentimos”. Solo recuerdo un esbozo de sonrisa detrás del casco, un “te amo” apenas audible y la luz de un auto que se aproximaba cada vez más. Minutos, segundos, centésimos… ¿cómo pasó? Impactó contra nuestra motocicleta, me caí e instantáneamente perdí la conciencia. Solo sé que hace dos semanas que estoy en “H. C.
S. A” (Hospital y Clínica de Salud Argentina), tengo un leve traumatismo, y que Luke…

-¿Por qué? –Pregunté a mi madre. Era de esas pocas veces en las que me sentía perdida. -¿Por qué? –Reiteraba entre lágrimas. Volvía a ser una niña que perdió a su madre entre los stands de supermercado. Sola, lejana a lo conocido, dolida y por sobre todo, asustada. Las enfermeras y médicos salieron de la habitación, dejándonos solas.

 Mi vista se perdía fija en la nada. Lo único que se oía era el pasar continuo de los autos y el paso de los trabajadores del hospital. -Giselle, -Dijo mi madre. Negué. No necesitaba de sus consuelos. No necesitaba que alguien me dijese cosas como ‘está en un mejor lugar ahora’, ‘te amaba’, ‘lo importante es que estás bien’. No pretendía el conocido positivismo barato. Quería salir fuera de estas cuatro paredes de hospital y encerrarme en mis cuatro paredes de habitación.

-¿Ya puedo salir de aquí? –Salió de la habitación sin responder. Me acomodé y vestí para salir de la cama, lista y preparada, para huir si no me permitían retirarme. Pocos minutos después, ella y el Dr. Alejandro, por lo que vi en su cartilla, entraron con una planilla de consentimiento que debía firmar, me dio algunas indicaciones de cuidados y se despidió con una sonrisa.
-Vamos a casa, cariño. –Sonrió con cansancio.
 -Prefiero ir a mi casa, mamá. Quiero… necesito estar sola. –Tomé mi bolso. – ¿Puedes dejarme allí?
-¿Estás segura? –Asentí. Obediente a mi pedido, mi madre, me ayudó a abrir la puerta y volvió a su auto.
 -Cualquier cosa, llámame. –Dijo antes de subir a su móvil. –No lo dudes ni por un segundo. Tomé aire y entré a casa. Cuántas cajas que no habíamos acabado de desempacar, vajilla sin estrenar, películas que no llegamos a ver… cuántos momentos que no llegaríamos a vivir. Lentamente me dejé caer sobre mi sofá. Inhalaba y exhalaba, porque lo que quedaba de mí vida, de ello dependía. Sentía el dolor de cuchillos traspasando mi pecho.

 Extendí mis piernas y acerqué una caja que tenía la palabra fotos, inscripto con fibrón negro. Uno a uno saqué los álbumes y recorrí sus páginas. Todos nuestros recuerdos congelados desde el primer momento. Y allí estábamos, nuestra historia contaba con las mejores citas escritas por Hamlet, nuestra pintura poseía las mejores pinceladas dadas por Da Vinci y las mejores obras jamás compuestas por Mozart. Desde el jardín de infantes, cuando por primera vez lo abracé, con el cariño que solo los niños saben dar; los mutuos celos de mejores amigos adolescentes; las constantes visitas; horas de cafés rodeados de carpetas y posibles preguntas de exámenes; cenas, películas, miradas. Mi amigo, mi hermano, mi novio, mi compañero… mi todo. Una lágrima cayó sobre el álbum, humedeciendo el papel que recubría una imagen de dos niños en una plaza, jugando en los columpios, sonriendo sin pensar en nada y nadie. Sonreía ante el recuerdo de un buen pasado, aunque me lamentase por el dolor que generaba en mí el futuro que deparaba obvio. Con sutil delicadeza, rocé la imagen con la yema del dedo índice.
Me paré, luego de preparar un café, subí a mi habitación.

-Giselle, -una hilera de dientes blancos, perfectamente acomodados uno junto a otro, cabellos despeinados del color del café y ojos verdes como las hojas de los árboles en primavera, estudiaban cada uno de mis movimientos desde la mecedora de madera clara en la esquina de la habitación. Mi cuerpo se tensó. -¿Giselle, –Elevó sus tupidas cejas con confusión. - has estado llorando? –La taza resbaló y cayó al piso, volcando el contenido y mezclándose con los pedazos blancos de porcelana. Miré donde el café recorría, y volví mi mirada a Luke. Me acerqué a él. –

-¿Eres tú? –Rocé mi pulgar en sus mejillas. – ¿Eres real? –Me senté sobre sus piernas y rodeando su cuello con mis brazos, sonreí. Nuestras caras se enfrentaban, recorriendo uno la mirada del otro. Asintió sin dejar de mirarme con lo que parecía ser una mezcla entre temor y cariño.
-¿Por qué llorabas? –Preguntó.
-Es que tú… yo… -Sin encontrar las palabras adecuadas, cerré mi boca. –
¿Te alejarás de mi lado? –Una lágrima recorrió su bien definido rostro. Negué. -Vuelve… vuelve… te necesito- Su voz sonaba desesperada. –No me dejes otra vez… no… - Pestañeé. Todo se volvía borroso. –Necesito que vuelvas. –Sus labios envolvieron los míos con lo que sabía a una mezcla de amargura y dolor. –Necesito que despiertes. –Habló sobre mi boca. Mezclando sus lágrimas con las mías. –No quiero perderte. –Volví a abrir mis ojos.
-Yo estoy aquí –Dije aferrándome a él.
-El accidente se ha llevado a mi Giselle. –Confundida, me alejé para mirarle. –Necesito que despiertes, que vuelvas a nuestra realidad, que no me abandones. –Sus dedos se enredaban entre mis rizos.
Se escuchó un golpe proveniente de un viejo espejo que se encontraba frente a nosotros. Mostraba una chica que rozaba el marco de éste con una mano y sostenía el café con la otra. Su rostro estaba pálido, sus ojos denotaban cansancio y la rojez carmesí de ríos de lágrimas. Detrás de ella había una mecedora de madera clara en la esquina de la habitación. Ella me llamaba moviendo su mano.
-Luke, ¿quién es esa chica? –Dije mirando con atención el espejo, me sonaba familiar.
 -¿Quién? -La del espejo. La que me llama. Parece… se parece a mí -Él me abrazo.
-No la sigas. –Dijo. –Viene a llevarte… siempre viene a llevarte.
-¿Quién es esa chica Luke? -Su mano se encontró contra el vidrio del espejo. –¿Quién es? –Reiteré. Ella pasó su mano dentro del espejo, como si este fuese agua.
-Vamos –Llamó una voz femenina.
-Eres tú, Giselle –Afirmó Luke. -Vamos, Giselle.
–Llamaba la muchacha desde el otro lado del espejo. Miré a Luke sin entender. Antes de pronunciar palabra alguna, ella tiró de mí.
 –Vamos. –La miré e intenté soltarme. Sonrió hacia mí con simpatía.
-Por favor, no… -Luke me sostuvo.
-La necesito –Dijo la chica, sosteniendo de mí con más fuerza. –No puedo renunciar a mí misma. –Tironeó, hasta que me vi rodeada por una habitación oscura y sola. Busqué con la vista, sin encontrar nada. Me volví donde el espejo se encontraba. Sentados en una esquina de la habitación, Luke sonreía a la figura femenina de lo que parecía ser una chica idéntica a mí. Recorrí la habitación con la mirada. Golpeé el vidrio provocando un sonido de “toc”, y capté la atención de esa chica. Se notaba su confusión. Ella veía, al igual que yo lo hacía, un espejo que no imitaba sus movimientos. Se acercó con la intención de verificar mi realidad. A mi costado derecho, en un segundo espejo, alguien tiró de mi mano, la cual caía a mi costado.
-Ayúdame. – Miré el espejo con detenimiento. Una niña llamaba llorando. – Ayúdame, por favor. -Rogó ayudándome a pasar. Me guió a una cama de dos plazas, ubicada en contra a la puerta. –Ayúdala a despertar. –Pidió la pequeña, destapando el cuerpo que se recostaba en la cama, pero sin encontrar nada. La niñita sonrió y saltó a mis brazos. -¡Despertaste! –Chilló. Miramos el cristal, y notamos que todas las partes, traspasaban y sostenían una la mano de la otra. –Toca los reflejos. –Dijo. Obedecí con desconfianza. Luego de tomar la mano de las chicas ubicadas detrás de las láminas, todo se volvió gris. Un agudo dolor de cabeza se hizo presente.
La niña, la chica que estaba con Luke y él, la de la taza de café, los espejos, las camas, la mecedora… todo desapareció. Cerré mis ojos para aminorar el dolor… Miré hacia mis costados e intenté mover mi cuello, pestañeé un par de veces para acostumbrarme a la luz. Recorrí mi living con la mirada, perdida en la confusión, de lo que se sintió como el sueño más real. Atónita, decidí ir en busca de una taza de café y recostarme en mi cama. Abrí la puerta, y un dulce "Gissele" se escuchó, proveniente de la misma mecedora de madera clara, ubicada en la misma esquina de la habitación. Mi cuerpo se tensó y mi taza resbaló y cayó al piso.


Candela Campagnolo, Natalia Boutet y Lucio Ulla

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