Elevé mi mirada intentando enfocar a la persona que se encontraba a
mi lado. Rocé el puño de mi remera en mis pómulos con brusquedad, las lágrimas
caían y nublaban mi visión. Solo recuerdos inundando mi memoria. ¿Cómo podían
ser tan espontáneos los momentos que lo cambian todo? Ahí estaba yo, recostada
en esa camilla de hospital, procesando las palabras del médico: -“no
sobrevivió, hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. Lo sentimos”. Solo
recuerdo un esbozo de sonrisa detrás del casco, un “te amo” apenas audible y la
luz de un auto que se aproximaba cada vez más. Minutos, segundos, centésimos…
¿cómo pasó? Impactó contra nuestra motocicleta, me caí e instantáneamente perdí
la conciencia. Solo sé que hace dos semanas que estoy en “H. C.
S. A” (Hospital y Clínica de Salud Argentina), tengo un leve
traumatismo, y que Luke…
-¿Por qué? –Pregunté a mi madre. Era de esas pocas veces en las que
me sentía perdida. -¿Por qué? –Reiteraba entre lágrimas. Volvía a ser una niña
que perdió a su madre entre los stands de supermercado. Sola, lejana a lo
conocido, dolida y por sobre todo, asustada. Las enfermeras y médicos salieron
de la habitación, dejándonos solas.
Mi vista se perdía fija en la
nada. Lo único que se oía era el pasar continuo de los autos y el paso de los
trabajadores del hospital. -Giselle, -Dijo mi madre. Negué. No necesitaba de
sus consuelos. No necesitaba que alguien me dijese cosas como ‘está en un mejor
lugar ahora’, ‘te amaba’, ‘lo importante es que estás bien’. No pretendía el
conocido positivismo barato. Quería salir fuera de estas cuatro paredes de
hospital y encerrarme en mis cuatro paredes de habitación.
-¿Ya puedo salir de aquí? –Salió de la habitación sin responder. Me
acomodé y vestí para salir de la cama, lista y preparada, para huir si no me
permitían retirarme. Pocos minutos después, ella y el Dr. Alejandro, por lo que
vi en su cartilla, entraron con una planilla de consentimiento que debía
firmar, me dio algunas indicaciones de cuidados y se despidió con una sonrisa.
-Vamos a casa, cariño. –Sonrió con cansancio.
-Prefiero ir a mi casa, mamá.
Quiero… necesito estar sola. –Tomé mi bolso. – ¿Puedes dejarme allí?
-¿Estás segura? –Asentí. Obediente a mi pedido, mi madre, me ayudó a
abrir la puerta y volvió a su auto.
-Cualquier cosa, llámame.
–Dijo antes de subir a su móvil. –No lo dudes ni por un segundo. Tomé aire y
entré a casa. Cuántas cajas que no habíamos acabado de desempacar, vajilla sin
estrenar, películas que no llegamos a ver… cuántos momentos que no llegaríamos
a vivir. Lentamente me dejé caer sobre mi sofá. Inhalaba y exhalaba, porque lo
que quedaba de mí vida, de ello dependía. Sentía el dolor de cuchillos
traspasando mi pecho.
Extendí mis piernas y acerqué
una caja que tenía la palabra fotos, inscripto con fibrón negro. Uno a uno
saqué los álbumes y recorrí sus páginas. Todos nuestros recuerdos congelados
desde el primer momento. Y allí estábamos, nuestra historia contaba con las
mejores citas escritas por Hamlet, nuestra pintura poseía las mejores
pinceladas dadas por Da Vinci y las mejores obras jamás compuestas por Mozart.
Desde el jardín de infantes, cuando por primera vez lo abracé, con el cariño
que solo los niños saben dar; los mutuos celos de mejores amigos adolescentes;
las constantes visitas; horas de cafés rodeados de carpetas y posibles
preguntas de exámenes; cenas, películas, miradas. Mi amigo, mi hermano, mi
novio, mi compañero… mi todo. Una lágrima cayó sobre el álbum, humedeciendo el
papel que recubría una imagen de dos niños en una plaza, jugando en los columpios,
sonriendo sin pensar en nada y nadie. Sonreía ante el recuerdo de un buen
pasado, aunque me lamentase por el dolor que generaba en mí el futuro que
deparaba obvio. Con sutil delicadeza, rocé la imagen con la yema del dedo
índice.
Me paré, luego de preparar un café, subí a mi habitación.
-Giselle, -una hilera de dientes blancos, perfectamente acomodados
uno junto a otro, cabellos despeinados del color del café y ojos verdes como
las hojas de los árboles en primavera, estudiaban cada uno de mis movimientos
desde la mecedora de madera clara en la esquina de la habitación. Mi cuerpo se
tensó. -¿Giselle, –Elevó sus tupidas cejas con confusión. - has estado
llorando? –La taza resbaló y cayó al piso, volcando el contenido y mezclándose
con los pedazos blancos de porcelana. Miré donde el café recorría, y volví mi
mirada a Luke. Me acerqué a él. –
-¿Eres tú? –Rocé mi pulgar en sus mejillas. – ¿Eres real? –Me senté
sobre sus piernas y rodeando su cuello con mis brazos, sonreí. Nuestras caras
se enfrentaban, recorriendo uno la mirada del otro. Asintió sin dejar de
mirarme con lo que parecía ser una mezcla entre temor y cariño.
-¿Por qué llorabas? –Preguntó.
-Es que tú… yo… -Sin encontrar las palabras adecuadas, cerré mi
boca. –
¿Te alejarás de mi lado? –Una lágrima recorrió su bien definido
rostro. Negué. -Vuelve… vuelve… te necesito- Su voz sonaba desesperada. –No me
dejes otra vez… no… - Pestañeé. Todo se volvía borroso. –Necesito que vuelvas.
–Sus labios envolvieron los míos con lo que sabía a una mezcla de amargura y
dolor. –Necesito que despiertes. –Habló sobre mi boca. Mezclando sus lágrimas
con las mías. –No quiero perderte. –Volví a abrir mis ojos.
-Yo estoy aquí –Dije aferrándome a él.
-El accidente se ha llevado a mi Giselle. –Confundida, me alejé para
mirarle. –Necesito que despiertes, que vuelvas a nuestra realidad, que no me
abandones. –Sus dedos se enredaban entre mis rizos.
Se escuchó un golpe proveniente de un viejo espejo que se encontraba
frente a nosotros. Mostraba una chica que rozaba el marco de éste con una mano
y sostenía el café con la otra. Su rostro estaba pálido, sus ojos denotaban
cansancio y la rojez carmesí de ríos de lágrimas. Detrás de ella había una
mecedora de madera clara en la esquina de la habitación. Ella me llamaba
moviendo su mano.
-Luke, ¿quién es esa chica? –Dije mirando con atención el espejo, me
sonaba familiar.
-¿Quién? -La del espejo. La
que me llama. Parece… se parece a mí -Él me abrazo.
-No la sigas. –Dijo. –Viene a llevarte… siempre viene a llevarte.
-¿Quién es esa chica Luke? -Su mano se encontró contra el vidrio del
espejo. –¿Quién es? –Reiteré. Ella pasó su mano dentro del espejo, como si este
fuese agua.
-Vamos –Llamó una voz femenina.
-Eres tú, Giselle –Afirmó Luke. -Vamos, Giselle.
–Llamaba la muchacha desde el otro lado del espejo. Miré a Luke sin
entender. Antes de pronunciar palabra alguna, ella tiró de mí.
–Vamos. –La miré e intenté
soltarme. Sonrió hacia mí con simpatía.
-Por favor, no… -Luke me sostuvo.
-La necesito –Dijo la chica, sosteniendo de mí con más fuerza. –No
puedo renunciar a mí misma. –Tironeó, hasta que me vi rodeada por una
habitación oscura y sola. Busqué con la vista, sin encontrar nada. Me volví
donde el espejo se encontraba. Sentados en una esquina de la habitación, Luke
sonreía a la figura femenina de lo que parecía ser una chica idéntica a mí.
Recorrí la habitación con la mirada. Golpeé el vidrio provocando un sonido de
“toc”, y capté la atención de esa chica. Se notaba su confusión. Ella veía, al
igual que yo lo hacía, un espejo que no imitaba sus movimientos. Se acercó con
la intención de verificar mi realidad. A mi costado derecho, en un segundo
espejo, alguien tiró de mi mano, la cual caía a mi costado.
-Ayúdame. – Miré el espejo con detenimiento. Una niña llamaba
llorando. – Ayúdame, por favor. -Rogó ayudándome a pasar. Me guió a una cama de
dos plazas, ubicada en contra a la puerta. –Ayúdala a despertar. –Pidió la
pequeña, destapando el cuerpo que se recostaba en la cama, pero sin encontrar
nada. La niñita sonrió y saltó a mis brazos. -¡Despertaste! –Chilló. Miramos el
cristal, y notamos que todas las partes, traspasaban y sostenían una la mano de
la otra. –Toca los reflejos. –Dijo. Obedecí con desconfianza. Luego de tomar la
mano de las chicas ubicadas detrás de las láminas, todo se volvió gris. Un
agudo dolor de cabeza se hizo presente.
La niña, la chica que estaba con Luke y él, la de la taza de café,
los espejos, las camas, la mecedora… todo desapareció. Cerré mis ojos para
aminorar el dolor… Miré hacia mis costados e intenté mover mi cuello, pestañeé
un par de veces para acostumbrarme a la luz. Recorrí mi living con la mirada,
perdida en la confusión, de lo que se sintió como el sueño más real. Atónita,
decidí ir en busca de una taza de café y recostarme en mi cama. Abrí la puerta,
y un dulce "Gissele" se escuchó, proveniente de la misma mecedora de
madera clara, ubicada en la misma esquina de la habitación. Mi cuerpo se tensó
y mi taza resbaló y cayó al piso.
Candela Campagnolo, Natalia Boutet y Lucio Ulla